Inundado

Mar Adentro Cando penso que te fuches
Negra sombra que me asombras
Ó pé dos meus cabezales
Tornas facéndome mofa

Mar adentro me ha inundado. Anoche no tuve la capacidad de escribir, y hoy empiezo a recordar la toma inicial: una pantalla en blanco que va creciendo. En la parte final cinco segundos de negritud, de silencio y así sale uno entonces: en blanco y negro. Es que una férrea, inexpugnable voluntad de morir sustentada con una asombrosa lucidez y a ratos con humor son una demostración de amor a la vida. Sí, Ramón Sampedro, tetráplejico que lleva postrado más de un cuarto de siglo, amaba tanto la vida y por eso no quería vivir: porque no podía poseerla.

Si cantan, es ti que cantas
Si choran, es ti que choras
I es o marmurio do río
I es a noite i es aurora

Un mundo de sombras llevado poéticamente a la pantalla que da material para debatir horas acerca de la vida, libertad y dignidad pero no es el caso. Ramón no está representando a todos los tetráplejicos, y él lo deja muy claro: reclama y lucha por lo que considera su libertad. Con el slogan de que la vida es un derecho y no una obligación no escoge la lucha por una vida digna sino por terminar con la indignidad de ésta.

En todo estás e ti es todo
Para min i en min mesma moras
Nin me deixarás ti nunca
Sombra que sempre me asombras.

Conservadores y religiosos han catalogado la película de Amenábar como una “sentimental apología de la eutanasia”. No podía esperarse otra cosa, ya que el director ridiculiza enormemente a la iglesia y sus mensajes cuando un sacerdote tetrapléjico visita a Ramón para convencerlo. Amenábar ha tenido en sus películas una particular obsesión por la muerte y el más allá, tal como lo hiciera en “Los otros”, pero en Mar adentro, el “más allá” no existe, según palabras de Ramón quien presiente que lo que le espera es la nada.

Particularmente no la veo como una apología a la eutanasia, además Ramón no es un enfermo terminal ni está en un estado de larga agonía o con dolores. Su único dolor es no poder vivir dignamente. Eutanasia significa “muerte correcta”, y la película muestra la historia real de una persona que considera que no puede llevar una “vida correcta” y no quiere por lo tanto poseerla. Quieren que lo ayuden a morir y punto, liberarse del cuerpo, no seguir indignamente. Homenaje a la muerte tampoco. Hay escenas que homenajean a la vida: el recién nacido, las imágenes que Ramón va viendo desde el auto en su último viaje: gente viviendo realmente, amando, dos perros fornicando, una viejita trabajando en el campo, dos enamorados tomados de la mano.
Aparte de la hollywoodinense escena del vuelo imaginario de Ramón, el desarrollo de la película es impecable y lo de Bardem es punto aparte. Llama la atención el triángulo amoroso que sucede. El amor de la “tonta” pero noble Rosa versus el de Julia, la abogada representada por Belèn Rueda, extraordinaria y convincente. La identificación de las desgracias íntimas de las dos mujeres con la postración de Ramón son caldo de cultivo para el amor. Amar sin poseer, vivir sin vivir, morir contento, celebrar el último día con copas, champagne y con desconocidos para no llorar. A eso me arriesgo a reducir “Mar adentro” obviando atrevidamente la poesía de sus escenarios, la banda sonora y su fotografía maravillosa.
La música no ha parado: /Sombra que siempre me asombras/. La gente duerme y pienso en Sampedro, me pregunto si acaso nada estoy haciendo para deshacerme de las sombras que de vez en cuando tornan haciéndome mofa.

~ por gayecuador en febrero 16, 2005.

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